Una propina

Gran parte de mi actividad profesional la he desarrollado de cara al cliente.

Estudié psicología porque me fascina la complejidad del ser humano, quizá por eso disfruto trabajando de cara al público, descubriendo las reacciones, particularidades y manías de cada uno. Encuentro apasionante la idea de que detrás de cada persona hay una historia, una pequeña novela que contar.

Hay ocasiones en las que toda la atención se reduce a una mera transacción, el cliente viene, le prestas un servicio y se va.

… pero a veces deja una propinita…

… a veces esa propina son una cantidad mayor o menor de monedas sobre un platillo…

… a veces se trata de algo material que trasciende a lo económico y que simboliza que, de alguna forma, has conectado de una forma especial con ese cliente…

… a veces son historias vitales mágicas, como la de aquél señor que se tomaba su té de forma tan particular y que un día me confesó que había sido el niño de la claqueta en la película “Memorias de África”…

… y a veces, quién un día fue tu cliente se transforma en un amigo para toda la vida.

Dos de mis últimas propinas “especiales”: Una recomendación literaria y unas monedas de chocolate que me dejó una niña.

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